El mar, el mar

El mar, el mar

Language: Spanish

Pages: 736

ISBN: B0062Y7DWQ

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


Ganadora del Premio Booker, El mar, el mar nos adentra en las reflexiones de un director de teatro que, al final de su exitosa carrera, decide recluirse en un pueblo de la costa británica para escribir sus memorias.

Tras muchos años de trabajo y muchas sábanas revueltas en el ejercicio de amores desganados, el gran Charles Arrowby, famoso dramaturgo, director y figura destacada de las tablas londinenses, decide retirarse de las candilejas para ir a un apartado rincón de la costa británica y escribir sus memorias.

Al tiempo que huye de una tormentosa vida sentimental, el hombre se empeña en revivir su primera pasión amorosa por una mujer que la vida ha convertido en un ama de casa escuálida, mientras la presencia insomne del mar le devuelve todas sus obsesiones, los espectros del pasado, los fantasmas de sus errores y la angustia de un futuro cansado.

Merecedor en 1978 del Booker Prize, El mar, el mar constituye un punto álgido de la madurez narrativa de su autora, cuya prosa hipnótica nos envuelve aquí en un incesante torrente de imágenes, historias, personajes y reflexiones que resuenan en la mente del lector como el rumor del oleaje al anochecer.

La crítica ha dicho...
«Peregrinos de la lectura, perdidos en el árido desierto de las malas novelas: venid a Iris Murdoch.»
Andrés Ibáñez, ABC Cultural

«Uno de los más altos logros de la literatura contemporánea.»
The New York Review of Books

Jane Eyre (Bantam Classic reissue)

The Monk (Oxford World's Classics)

The Narrative Poems (The Pelican Shakespeare)

Howards End (HarperPerennial Classics)

The Shorter Poems

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

poco el cuello del vestido. Al sentir que se rompía, Hartley se detuvo. Después volvió a la mesa y se sentó, con la cara entre las manos. —Oiga, esto no me gusta —dijo Titus—. Usted no puede retenerla aquí contra su voluntad. —Quiero que ella decida libremente. —¿Libremente? No puede —afirmó Titus—. Hace mucho que no sabe lo que es libertad. Además, si usted la retiene aquí estará demasiado asustada para pensar. Usted no sabe cómo es eso, podría volverse loca. Y me temo que yo lo he entendido

demasiado. —Pronto se calmará y podrá pensar con calma; mañana quizá. —¿Mañana? �Aquí? —Sí. —¿Hará que se quede aquí toda la noche? —Sí. —¿Y si él viene? —No creo que venga. Para responder a una pregunta tuya anterior: yo no lo invité. —¡Oh, Dios! �Qué pensará? —Me importa un carajo lo que piensa —respondí—, y es más: cuanto peor piense, mejor. Que piense cualquier cosa que pueda ocurrírsele a su inmunda imaginación. —¿Eso es parte del… echarlo todo abajo? —Sí. —¡Dios mío! —dijo

della Francesca. Hay un profundo cimiento de mi ser que nada sabe de tiempo ni de cambio, y que está ahora y siempre con Hartley, en aquel buen lugar donde otrora estuvimos juntos. �Qué puedo decir ahora tras haber escrito todo esto? Podría proseguir con la descripción de Hartley, pero me está resultando demasiado doloroso. La perdí, perdí aquella joya del mundo. Y aún hoy sigue siendo para mí un misterio cómo sucedió: el misterio del alma de una muchacha y de su visión de la vida. Había temido

trágicamente, los judíos sufren con inteligencia, hasta con ingenio, pero los irlandeses sufren estúpidamente, como una vaca atascada en una ciénaga. No me explico cómo los ingleses toleran esa isla, tendrían que haberle encontrado una solución definitiva hace años. Claro que lo intentaron. Cromwell, �dónde estás ahora que te necesitamos? Han destrozado Belfast a patadas, y a nadie le importa. Y eso es muy doloroso, Charles, es muy duro: el sufrimiento, la degradación, los ajustes de cuentas.

llegado. —¿Qué vas a hacer? —La rescataré y la haré feliz durante el resto de nuestras vidas. Sí, era sencillo, y solo serviría aquella gran solución. Me recosté en mi asiento. —¿Te apetece más té? —No, gracias, creo que ahora me iría bien una copa. Un jerez seco. James empezó a rebuscar en un armario. Me sirvió un vaso. No parecía dispuesto a comentar nada sobre mi asombrosa revelación, como si ya la hubiera olvidado. Siguió tomando su té tranquilamente. —Ya hemos hablado bastante de mí

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