El Amante de Lady Chatterley

El Amante de Lady Chatterley

Language: Spanish

Pages: 282

ISBN: 1532714335

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


Esta discutida novela fue publicada en 1928; La fuerte corriente relacionada con la energía sexual que recorre casi toda la obra de D. H. Lawrence encuentra una de sus máximas expresiones en EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, novela que se vio envuelta en la polémica y el escándalo desde el momento de su aparición. Inválido de guerra, Sir Clifford Chatterley y su esposa Connie llevan una existencia acomodada, aparentemente plácida, rodeada de los placeres burgueses de las reuniones sociales y regida por los correctos términos que deben ser propios de todo buen matrimonio. Connie, sin embargo, no puede evitar sentir un vacío vital. Sir Chatterley un aristócrata intelectual, ciertamente engreído, que incita a su esposa a que se busque un amante que pueda satisfacer sus deseos carnales y que a la vez la deje embarazada, de esa forma solucionaría sus problemas (el asunto de la descendencia y el de los apetitos de su esposa). Lady Chatterley al principio se siente ofendida y no ve esta opción como algo posible. ¡¡¡Es una novela que despierta el sentido de la sentido e la sensualidad no tela pierdas!!!!

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mandos de la silla eran de mano, ya que los pies de Clifford de nada le servían. Consiguió extraer extraños sonidos del motor. Llevado por una salvaje impaciencia, movió pequeñas palancas, y con ello produjo más sonidos. Pero la silla se negaba a moverse. No, no se movería. Clifford paró el motor y quedó rígidamente sentado, dominado por la ira. Constance estaba sentada en un banco y contemplaba las pobres campánulas atropelladas. �Nada hay tan hermoso como la primavera inglesa.» �Puedo aportar

—¡Confío en ti, Hilda! —¡Adiós, señora Bolton! �Ya sé que cuidará con esmero a sir Clifford! —¡Se hará lo que se pueda, señora! —Y escríbame si hay novedades. Escriba para decirme cómo sigue sir Clifford. —No tema Su Señoría, que así lo haré. Que se divierta Su Señoría, y vuelva pronto a alegrar esta casa. Todos agitaron la mano. El automóvil se puso en marcha. Connie volvió la vista atrás, vio a Clifford sentado en la silla de ruedas que utilizaba en casa, allí, en lo alto de los peldaños.

el más leve signo de tener conciencia de la presencia de la mujer. Connie le observaba fijamente. Y aquella misma soledad que había visto en el hombre desnudo saltaba a la vista de Connie en el hombre vestido. Un hombre solitario y ocupado, como un animal que actúa a solas, pero también se le veía pensativo, como un alma que rehúye todo género de trato humano. Silenciosa y pacientemente, el hombre se aislaba de Connie, incluso ahora. Lo que tocó el útero de Connie fue el silencio y aquella

Clifford y de su propia esposa, �qué iban a hacer ellos dos? �Qué iba a hacer él concretamente? �Qué iba a hacer con su vida? Sí, porque algo tendría que hacer. No podía quedarse mano sobre mano, viviendo del dinero de la mujer y de su mísera pensión. No había solución. Sólo se le ocurría irse a Norteamérica, cambiar de aires. No tenía la más leve fe en el dólar. Pero quizá allí hubiera algo más. No podía descansar. Ni siquiera se sentía capaz de acostarse. Estuvo sentado, sumido en el estupor

especial placer poner las suaves raíces de las jóvenes plantas en el negro y suave hoyo, y colocar tierra encima. En aquella mañana de primavera también sentía un temblor en el útero, como si el sol lo hubiera tocado, dándole la felicidad. Mientras cogía otra planta y la colocaba en el hoyo, Connie dijo a la señora Bolton: —¿Cuántos años hace que perdió a su marido? La señora Bolton, mientras separaba cuidadosamente las jóvenes plantas de aguileña, allí amontonadas, repuso: —¡Veintitrés años!

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